miércoles, 22 de febrero de 2012

Un Héroe Olvidado: Oscar Poltronieri

Durante la Guerra de Malvinas de 1982, Oscar Poltronieri peleó en el monte Dos Hermanas. Detuvo, solo y durante horas, el avance inglés. Salvó a parte de su compañía. Como muchos de los veteranos, vive en el olvido y la indiferencia.
“Me ahogo. Qué querés. No puedo seguir (Seca sus lágrimas) Por esta casa, que, mirála, todavía está en parte sin techar, que me dieron con dos piezas y una cocinita donde había que entrar de costado, el resto lo hice yo, todo lo demás lo agrandé yo, por esta casa la municipalidad de General Rodríguez me pide ahora que pague una deuda de tres mil pesos. ¿De dónde saco yo tres mil pesos, si no trabajo desde hace tres años? Para la sociedad, nosotros, los veteranos de guerra, es como que no existimos”.
Oscar Poltronieri es el máximo héroe civil, vivo, que tiene la Argentina. Lo certifica una medalla conformada por una Cruz de Malta en la que brilla, ya apenas, un Escudo Nacional y la leyenda "La Nación Argentina al heroico valor en combate" Sólo doce condecoraciones de ese tipo fueron entregadas luego de la guerra de Malvinas.
Poltronieri es el único soldado que la recibió pero ya ni siquiera la luce. La guarda, junto a muchas otras medallas, en una vieja y oxidada lata que bien pudo contener té, tuercas o hilos de hilvanar refajos: poco puede leerse entre la escarcha saltada del esmalte rojo de la tapa y el indescifrable idioma alemán. Pero es seguro que la latita no fue diseñada para contener las medallas de un héroe de guerra.
“En un momento pensé en venderlas. A todas. No sabía cuánto me podían dar. Pero yo necesitaba la plata. Después no lo hice. Antes preferí pasar la vergüenza de ir a pedir por los trenes. Pero dejé porque me decían: "Andá a pedirle a Galtieri...".
Uno de los máximos héroes no militares de la guerra de Malvinas vive hoy en la pobreza más extrema. Su casa, la número siete, se tambalea sobre una calle de tierra (que se convierte en un barrial cada vez que el cielo se lo propone) en General Rodríguez, muy cerca de La Serenísima, donde Poltronieri trabajó diecisiete años. Su caso sea tal vez el más paradigmático, pero no es el único de entre miles de veteranos de guerra que viven hoy olvidados, marginados, desamparados, hasta despreciados por una sociedad que festejó el inicio de la guerra con el siempre sospechoso exitismo de los aludes a la Plaza de Mayo, y miró para otro lado después de la rendición de Puerto Argentino, el 14 de junio de 1982. La mirada al costado dura ya veinte años.
Poltronieri era un soldado analfabeto cuando fue a combatir a Malvinas. "No leo las letras, señor, -decía hace veinte años-. Pero ahora voy a ir a la escuela". Hoy, al menos, sabe firmar. Pero todavía pelea con aspereza con las palabras, que apenas si le alcanzan para describir su impotencia: Poltronieri casi no tiene palabras, con tanto que tiene para decir.
Los fundamentos por los que le dieron la distinción más alta que duerme su sueño oxidado en la lata donde Poltronieri atesora sus recuerdos en su casa sin techo, eran contundentes: "Por haberse convertido en un ejemplo para sus camaradas", decía una frase. Otras decían que Poltronieri había tenido espíritu de lucha, sencillez, arrojo, que se ofreció como voluntario para misiones riesgosas y que en combate en los montes Dos Hermanas y Tumbledown "operó eficazmente una ametralladora, deteniendo ataques enemigos. Fue siempre el último en replegarse, resultando sobrepasado en ocasiones por los ingleses. Dos veces se lo tuvo por muerto, pero logró reunirse siempre con su sección." La realidad, siempre más dramática que los argumentos, dice que Poltronieri salvó la vida de cerca de ciento cincuenta de sus compañeros.
“Yo estaba en el monte Dos Hermanas. Adelante nuestro estaba el regimiento 4 de Corrientes. Al costado teníamos al Regimiento de Infantería 7 de La Plata. Lo pasábamos todo el día en la trinchera. A veces bajábamos del cerro para matar un par de ovejas, sancocharlas así nomás y comerlas. Cuando venía un compañero de curso del Teniente que me mandaba a mí, que se llamaba Llambías Pravaz, yo le pedía los binoculares y él me los prestaba Así vi cómo que desembarcaron los ingleses. Pasaron unos días desde el desembarco hasta que llegaron adonde estábamos nosotros. Tomaron todo a las corridas. Los gurkas mataron a un montón del regimiento 4 de Corrientes. Y a nosotros nos rodearon así, en forma de medialuna. Yo estaba arriba, en el monte, cuando los veo, serían las cinco o las seis de la mañana, en medio de la neblina. Allí matan a tres o cuatro de los soldados nuestros, todos cerca mío: a uno que tiran un morterazo que cae cerca mío y una esquirla le vuela la tapa de la rodilla, limpita, y se desangra, cuando llega al hospital de Puerto Argentino llega desangrado. A otro una esquirla le da en la espalda. Y a otro que trepa un poco el monte para montar la ametralladora también lo bajan con una ráfaga de ametralladora. Ese era Ramón, que era amigo mío. Yo pensé que si lo habían matado a él me iban a matar a mí también, ¿por qué me iba a salvar? A mí me dio como un ataque de locura y empecé a sacudirles con la MAG, que es una ametralladora pesada. Mi abastecedor estaba cansado de ponerle las cintas de balas a la MAG, pero yo seguía tirando. Eran como las nueve de la mañana. Las balas me pasaban cerquita: a las trazantes se las veía clarito. El Subteniente me decía: "Vámonos Poltronieri, que te van a matar..." Pero yo le decía que se fueran ellos. Porque yo sabía que el Sargento Echeverría había tenido familia en esos días. Entonces les dije: Váyanse ustedes que tienen hijos, que tienen familia. Yo no tengo a nadie...".
Poltronieri tiene cuatro hijos. Se casó en 1989 con Alejandra Viviana Carrizo. Después llegaron Jonathan Oscar (11) Melina Judith (9), Lucas Hernán (7) y Matías Sebastián (4). Boquenses irredimibles, los varones amasan su sueño de jugar alguna vez en la Bombonera en el piso de tierra de la cocina de la casa, donde cabecea una mesa simple de madera basta y dos bancos largos y toscos. Poltronieri nació en Mercedes y en el regimiento de esa ciudad, el 6, General Viamonte, hizo la hoy abolida "colimba". Le faltaba un día para salir de baja cuando fue embarcado hacia Malvinas. Llegó a Puerto Argentino el 13 de abril en un avión de línea, sin asientos, con dos centenares de soldados.

“Me acuerdo de que el Capitán del avión nos habló, nos dijo que lo único que podía hacer por nosotros era traernos comestibles; que todo lo que habíamos aprendido en el cuartel teníamos que desarrollarlo en las islas. Que a él le gustaría estar con nosotros. Y se largó a llorar el tipo. Allí nos dimos cuenta de que la cosa iba en serio, porque el tipo se puso a llorar”.
Tan en serio iba la cosa que casi un mes después Poltronieri estaba solo, con una ametralladora pesada, disparando sin cesar contra el enemigo. Aún hoy, cuando recuerda el combate, vuelve a la misma posición de aquel día, mientras ciento cincuenta de sus compañeros se replegaban hacia Puerto Argentino, amparados por su decisión de morir allí para salvarlos.
“Los tipos venían cantando, tirando al aire, como de paseo... y bien chupados. Así que no le di bolilla al Teniente y me quedé esperando que mi Compañía se replegara. Hasta que se me acabaron las balas y empecé a repechar para Puerto Argentino. Llegué a la tarde adonde estaba el batallón de Infantería de Marina 5. Les pregunté si sabían dónde estaba el 6 de Mercedes, porque yo quería juntarme con los míos. Me dijeron que cerca del cementerio, que era el punto de reunión. Cuando me vieron no lo podían creer: me habían dado por muerto. Allí me enteré de que se habían rendido a las diez de la mañana. Y recién como a las tres de la tarde nosotros habíamos dejado de combatir. Cuando vimos la bandera blanca colgada en el mástil, la mayoría nos largamos a llorar.”
La otra guerra de Poltronieri y de sus compañeros ex combatientes de Malvinas empezó cuando volvieron al continente.
“Nos llevaron al Hospital Militar, nos dieron de comer y nos tuvieron hasta el otro día, nos tomaron los datos, hicieron una planilla y mis propios compañeros me propusieron para la medalla. Después a nadie le importó nunca nada de nosotros. Cuando vinimos, no había nadie que nos esperara. ¿Sabés quiénes sí estaban? Los chicos y los maestros de entonces. Cuando nos traían a Mercedes, al costado de la ruta, por cada pueblito que pasábamos, allí veías un montoncito de chicos con sus guardapolvos y su banderita argentina, sus maestros y sus maestras. Gentes particulares no había. Nos trajeron escondidos: les debe haber parecido una vergüenza esa derrota nuestra.”
Como muchos otros veteranos, el héroe condecorado el 04 de abril de 1983 vivía sin trabajo. Consiguió uno, de casualidad, en 1985.
“No nos decían nada, pero a los veteranos nos tenían apartados. Entré a trabajar a La Serenísima gracias a Juan Carlos Mareco, que estaba en Canal 7. Estuve allí diecisiete años hasta que cambiaron de dueños y quisieron que me fuera para contratarme. Pero no acepté. Eso fue en diciembre del 94. La Municipalidad me dio una casa y me descuentan parte de un préstamo que nos dieron, de la pensión que recibimos por veteranos de guerra. Nos prometieron no pagar impuestos, luz, gas, trabajo, becas de estudio, viviendas... Nada de eso se cumplió. No trabajo desde el 99. Ahora el Ejército dijo que me iban a contratar como personal de maestranza en Campo de Mayo. Encontrar trabajo es difícil: si no decís que sos veterano y lo descubren cuando ya entraste a trabajar, te echan. Y si decís que sos veterano, no te llaman. La sociedad nos da la espalda porque perdimos la guerra. Pero si hubiésemos ganado sería igual. En este país se olvidaron de lo que hicimos. Y deberían recordar que pusimos el pellejo, y muchos compañeros lo perdieron, por nuestros padres, por nuestros hermanos. Pero pedís algo y te cierran la puerta. No se acuerdan del veterano. Y a los cuarenta años, si yo tuviera que volver, volvería.”

Los hijos del héroe que vive en la pobreza, y que acaso algún día venda por nada esas medallas que guarda en una caja oxidada de lata, cuentan un secreto: papá apenas soporta el estallido de los cohetes cada fin de año, desde hace ya dos décadas.

Fuentes:
- Diario Clarín. Publicado el 02 de abril de 2002
- Publicado por Fundación Malvinas
- La Gazeta Federal www.lagazeta.com.ar

miércoles, 8 de febrero de 2012

NUEVO ACADEMICO DEL INSTITUTO NACIONAL DE I.H.JUAN MANUEL DE ROSAS

El Dr. Raul Chivilo puso en conocimiento de los presentes el nombramiento del Dr. Carlos Alberto De Santis, como ACADEMICO DEL INSTITUTO NACIONAL DE INVESTIGACIONES HISTORICAS JUAN MANUEL ROSAS, integrante de la Secretaría de Cultura de la Nación.-

El Dr. Alberto Gelly Cantilo presidente de dicho instituto, resaltó el nombramiento efectuado por votación de los académicos, en especial el Dr. Arturo Pellet Lastra, y envío las felicitaciones de estilo, a los miembros del instituto de Gral. San Martín y en especial al nuevo académico.-

viernes, 20 de enero de 2012

El Himno de Obligado

Por José Luis Muñoz Azpiri (H)

Regimiento de Patricios Recodo del río Paraná donde se desarrolló el combate. Cuando sonó el primer cañonazo enemigo, Mansilla bajó el brazo derecho y cerró de un golpe el catalejo. Todo estaba consumado. El crimen era un hecho. La cuarta guerra exterior del país comenzaba. El héroe alzó el brazo de nuevo, dio la señal convenida y el Himno Nacional Argentino estalló en la barranca. La primera bala francesa dio en el corazón de la patria.
La segunda bala francesa cayó sobre el Himno. El canto nacía indeciso en el fondo de las trincheras excavadas entre los talas, trepaba resuelto por los merlones de tierra, se deslizaba ágil por las explanadas de las baterías, corría animoso por los claros de grama esmaltados de verbenas, se animaba con furia animal en el monte de espinillos, y ascendía estentóreo y salvaje, en el aire de oro de la mañana de estío. Allí, hecho viento, transformado en ráfaga heroica, ganaba la pampa, el mar, la selva, el desierto, la estepa y la cordillera y uniendo de un extremo al otro del país la voz de júbilo con la de protesta, la de la imprecación con la del entusiasmo cívico, creaba un clamor de alegría y borrasca, incomparable y único.
La voz clara y sonora de Mansilla acaudillaba los ritmos heroicos. El eco pasaba de una garganta a la otra; partía de los pechos de acero que amurallaban la patria y se confundía y entrechocaba sobre los muros de las baterías. Las notas prorrumpían de los bronces y tambores majestuosamente, con corrección inigualable, como en un día de parada. La banda del Batallón 1º de Patricios de Buenos Aires, que ejecutaba el himno al frente del regimiento inmortal, solo encontraba extraño en esta formación de tropas que, en vez de ser un jefe, fuese la Muerte quien pasara revista. Lo demás era lo acostumbrado desde los tiempos de Saavedra y la trenza con cintas. La hueste asistía impecable a la inspección, en tanto la metralla francesa e inglesa llovía sobre las filas sonoras y abría claros en la música y el verso. Los huecos se cubrían con premura y renacía la estrofa, redoblada y heroica. Cada voz sustituta centuplicaba la fuerza del canto. La oda se había constituido en una marejada incontenible de estruendo y de furia.
Toda la barranca ardía en delirio con las voces. Cantaban los artilleros, los infantes, los marineros, los jinetes, los jefes, los oficiales y los soldados, los veteranos de cien encuentros y los novicios que por primera vez, olían la sangre y la muerte. La misma tierra quería hendirse para cantar. Parecía pedir la voz de todos los pájaros para acompañar en el canto a quienes la amparaban hasta morir abrazados sobre ella, crucificados sobre su amor, dándole a beber generosamente de su propia sangre. Cantaban allí los camaradas de aquellos que custodiaba en su seno, y que murieron defendiendo su pureza criolla en los campos, sobre los ríos y las montañas, en los páramos frígidos y a la sombra de los montes de naranjos donde dormían cálidamente, bajo la lluvia votiva del azahar.
Regimiento de Patricios Los viejos patricios de Buenos Aires, los capitanes que cruzaron la cordillera con el Intendente de Cuyo y libertaron los países que se recuestan sobre un mar donde se pone el sol, los oficiales que habían combatido contra el Imperio del Brasil, destrozando a lanzazos los cuadros terribles de la infantería mercenaria austríaca, los marineros de camiseta rayada, cubiertos de cicatrices, que habían cañoneado y abordado naves temibles al mando del Almirante, en el río y en el mar, luchando en proporción de uno a veinte con la mecha o el sable en el puño, todos los que habían hecho la patria y no deseaban vida que no se dedicase a sostenerla, se hallaban allí y cantaban religiosamente, con la mirada arrasada y el corazón desbordante de ternura por los recuerdos, la canción que hablaba de cadenas rotas, de un país que se conturba por gritos de venganza, de guerra y furor, de fieras que quieren devorar pueblos limpios, de pechos decididos que oponen fuerte muro a tigres sedientos de sangre, de hijos que renovaban luchando el antiguo esplendor de la patria y de un consenso de la libertad que decía al pueblo argentino : ¡Salud! La canción era seguida por juramentos de morir con gloria y el deseo que fueran eternos los laureles conseguidos.
Jamás resonó canción como aquella. Los que habían conseguido los laureles pedían frente a la muerte que fueran eternos, los que vivían coronados por la gloria adquirida luchando con el fusil, el sable o el cañón, a pie, a caballo o sobre el puente de una nave, en defensa de su Nación, juraban morir gloriosamente si la vida debía comprarse al precio del decoro y el valor.
Barcazas con cadenas cortando el Paraná Los proyectiles franceses e ingleses caían ahora sobre la protesta, el desafío o la muerte, el orgullo y la voluntad. La voz, engrosada y magnificada por el eco, había recorrido de una frontera a otra de la tierra invadida, y retornaba al lugar de su nacimiento para recobrar vigor y lanzarse esta vez hacia el frente, en procura de los agresores. Descendía presurosa por la barranca, corría sobre la playa de arena, alcazaba la orilla del río, volaba sobre el espejo del agua y se lanzaba al abordaje sobre los invasores, repitiendo un asalto sorpresivo y desenfrenado. Trepaba por las cuadernas de las quillas, se encaramaba por las bordas, hacía esfuerzos desesperados por amordazar los cañones de 80 milímetros, de 64, de 32, las cien bocas que vomitaban fuego sobre las baterías de menor alcance, lograba poner el pie en las cubiertas, brincaba a lo puentes donde se hallaban, condecorados y magníficos, Tréhouart, el capitán de la Real Marina Francesa y el Honorable Hothan, de la armada de Su Majestad, con uniformes de gala, cubiertos de entorchados, dirigiendo con el catalejo el bombardeo implacable e impune; ascendía por los obenques a las gavias y las cofas y giraba sobre las arboladuras lanzando un grito recio y retumbante. Luego descendía sobre el río y soplaba en el mar, y a través de las olas, cabalgando sobre el agua y la espuma, pisaba la tierra desde donde las naves habían partido y se retorcía en remolinos briosos y épicos en busca de oídos para requerir, demostrar, probar, retar y herir.
La canción aludía a los derechos sagrados del hombre y el ciudadano, a los principios de igualdad política y social, al respeto por la propiedad ajena, a la soberanía de la Nación, a la obligación de cada ciudadano de respetar la ley, a la libre expresión de la voluntad popular, al respeto de las opiniones y creencias ajenas, a la abolición de los obstáculos que impiden la libertad y la igualdad de los derechos. La voz hablaba de la injusticia de la metralla, y ésta, tal como si hubiera interpretado la protesta del canto, hería ahora el seno de la voz, en acto obstinado, buscando rabiosamente el corazón de la canción.

Los defensores eran ya los árbitros de la batalla. El enemigo había entendido la voz y comprendía que el triunfo pertenecía, por derecho propio, al atacado, cualquiera fuera el desenlace de la acción. Ya no significaba nada vencer en el encuentro y cobrar el botín de la conquista para conducirlo a la tierra donde estallarían aclamaciones y vítores junto a los arcos de triunfo. El adversario cantaba estoico frente a la muerte; cantaba vivamente, alegremente, enhiesto e impasible, sin responder al fuego, como queriendo demostrar que era más importante terminar con aquel canto, antes que defender la vida y resguardar la defensa del paso. Los cañones de 80 golpeaban el vacío, asesinaban la nada; las granadas explosivas no acallaban la música ni podían matar la poesía. La lucha era imposible: ¡Si al menos los defensores hubieran dejado de cantar!...
Cuando la voz dejó de escucharse hasta en su último eco, Mansilla recogió de nuevo el catalejo, tomó la espada, y alzando el brazo nuevamente, dio orden de iniciar el fuego contra las naves. La barranca ardió en llamas y comenzó el cañoneo que se sostendría por espacio de ocho horas…Pero la hazaña principal estaba cumplida, con el Himno entonado frente al adversario y que escucharían después los siglos. La música de los cañones sólo componía el acompañamiento de este canto. El héroe había legado a la patria su tesoro más puro de heroísmo, de exaltación emocional y de pasión patriótica: el Himno ganaba de paso, igualmente, la batalla de la Vuelta de Obligado.