viernes, 11 de febrero de 2011

Los que odiaron al Gral. José de San Martín

Por Vicente D. Sierra
Muchos militares que hasta su llegada al país eran considerados hábiles guerreros a caballo, no ocultaron su rencor a quien les demostró que carecían de tal habilidad y les enseñó el arte de la guerra por la caballería, dotándola de armas de nuevo tipo, entre otras la lanza, que hizo fabricar con cañas tacuaras. En alguna época, para desacreditarlo ante la opinión popular, se le llamó "el rey José", difundiendo y dejando que se creyera, que su afán era coronarse rey del país. Es que estaba adornado de una integridad moral que no le permitió ser hombre de ninguno, para serlo sólo de su ideal emancipador. Hasta los caudillos populares, como Juan Bautista Bustos, Estanislao López, Francisco Ramírez y Gervasio José de Artigas, desconfiaron en algún momento sobre la lealtad de San Martín, desconcertados por una conducta que no se acomodaba al módulo dominante, o engañados por José Miguel Carrera. Entre los que lo odiaron se destacan dos personajes de singularísimo prestigio intelectual: Sarmiento y Alberdi, y otro de mal ganado prestigio político: Bernardino Rivadavia. Los dos primeros figuran entre los acreditados enemigos de Rosas, y es evidente que por tal motivo, miraron a San Martin sin ningún amor y trataron de negarle los derechos al procerato con que hoy ocupa un puesto de honor en el panteón de nuestros héroes.
En una de las piezas del epistolario de Yungay, Sarmiento, con fecha 9 de julio de 1852, escribía a Alberdi:
".. .Desmadryl hace un Panteón de hombres célebres de Chile: la obra es acabada. Se necesita la biografía de San Martín, y usted podría hacerla breve, espiritual, saisisante, instructiva. San Martín fue una víctima; pero su expatriación fue una expiación. Sus violencias, pero sobre todo, la sombra de Manuel Rodríguez, se levantó contra él y lo anonadó. Haga usted resaltar este hecho para precavernos. Esta justicia silenciosa, pero inflexible que lo alejó para siempre de la América. Hoy es Rosas el proscripto. Sus afinidades las encuentra en el apoyo que prestó al tirano por lo que usted ha dicho: por el sentimiento de repulsión al extranjero. El ejército de los Andes se sublevó en Lima por razones generales; pero el sentimiento, la pasión eficiente, fue el resentimiento que causaba a los argentinos, el verse despojados de su bandera, esto es, de su gloria nacional, para izar las nuevas banderas de los estados libertados, dándoles el aire de condottieri. También él se sublevó contra su gobierno en las Tablas, y su ejército se sublevó contra él. ¿Se encargará usted del trabajo? Fundemos de una vez nuestro tribunal histórico. Seamos justos, pero dejemos de ser panegiristas de cuanta maldad se ha cometido. San Martín castigado por la opinión, expulsado para siempre de la América, olvidado veinte años, y rehabilitado por ios laicos, como Montt, el doctor, el letrado, es una digna y útil lección".
Alberdi ya había escrito antes del pedido de Sarmiento una biografía de San Martín, pero se negó a hacerla en las condiciones impuestas, por lo que el 2 de setiembre de 1852 Sarmiento le volvió a escribir, diciendo: ".. .Yo le indiqué a usted que escribiese la biografía de San Martin, porque ya lo había usted hecho antes, insinuando que podia hacerse justicia ahora, etc. Sin ser mi ánimo que fuese una detracción, porque yo no aconsejaría a nadie nada que no fuese honorable. Creía que una alabanza eterna de nuestros personajes históricos, fabulosos todos, es la vergüenza y la condenación nuestra".
Pero Alberdi escribió sobre San Martin algunas páginas que, posiblemente, habrían gustado a Sarmiento. Lo hizo en su obra "Grandes y pequeños hombres del Plata", para destacar que, si algún día un poeta como Byron, "señor o milord y no lacayo", visitara estos pueblos y recogiera sus crónicas y le¬yendas, "no serán los Carrera los menos apreciados". Veamos otros conceptos de Alberdi:
"Fue fortuna para Chile que la Revolución Argentina tuviera que buscar en su territorio el camino que debia llevarla a la libertad de las cuatro provincias argentinas del Norte. Pero si San Martin hubiera faltado, Chile no habría carecido de libertadores, y en el Perú mismo hubiese sido reemplazado como lo fue, en efecto, por Bolívar. Su ausencia no perjudica más que a la República Argentina, a quien le costó cuatro provincias... Ningún hombre es necesario en este mundo cuando la Providencia ha creado la necesidad de un gran cambio".
Como se ve, Alberdi acusa a San Martin de haber abandonado las provincias del Alto Perú para libertar a Chile y usar a este país para pasar al Perú. Alberdi no dice que fue el Congreso rivadaviano de 1826 el que dispuso que dichas cuatro provincias estaban en libertad de hacer lo que les viniera en gana: independizarse, o unirse a las del Río de la Plata. Alberdi no dice que Bernardino Rivadavia abandonó a San Martín en el Perú. No dice que la prensa rivadaviana se burló prácticamente del emisario que San Martín envió a Buenos Aires en demanda de apoyo militar para atacar en la frontera de las cuatro provincias altoperuanas, pero dice que cuando la Providencia interviene no necesita de hombre alguno. ¡Soberbia lección de metodología histórica! En virtud de ella, el autor de "Bases" agrega:
"A Chile le habrían sobrado igualmente los libertadores, y, sin San Martin, repito, no habría tardado en ser libre por los Carrera. Esos si que eran el genio de la acción y de los recursos. ¡Nada menos fueron que mártires de su impaciencia de acción liberal y patriótica!"
Para Alberdi, San Martin ni siquiera se destacó como militar; no le encuentra ningún rasgo genial, y se pregunta: "¿Dónde está entonces el genio de San Martin? ¿En que pasó cañones a través de los Andes? ¿Por eso seria otro ANIBAL? Comparaciones pueriles". Evidentemente, si sólo se hubiera tratado de pasar cañones, no seria otro Aníbal, ya que éste no los pasó en los Alpes, puesto que aún no se habían inventado. Pero la torpeza de Alberdi llega a tal punto que dice: "La gloria en el arte del transportar es muy preciosa, pero pertenece más bien a la Industria"; de lo que cabe deducir que el paso de los Andes pudo haber sido hecho —según Alberdi— por cualquier empresa de mudanzas...
Este odio a San Martin fue de tal magnitud en la época de Rivadavia, que el encargado en Buenos Aires de negocios de Chile, Zañartú, escribió refiriéndose al gobierno de Buenos Aires dice: ''Los hombres odian a San Martin, una ruta tan contraria a la opinión general, que este solo principio cada día pierde más su partido, a pesar de que materia de rentas y Gobierno, hecho cosas buenas". El dia 28, una nueva carta, informaba que gobierno de Tucumán había pedído ser provisto de armas para habilitar una expedición de 600 hombres se preparaban para enviar al Perú a apoyar a San Martin, y decía: "Pero todo se le negará. Todo lo que sea obrar conforme las ideas de San Martin, se reprueba aunque tenga la aceptación verbal".
Desde Bruselas, el 20 de octubre de 1827, San Martin escribía a O'Higgins, y al referirse a la renuncia de Rivadavia, decía:
"Ya habrá usted sabido la renuncia de Rivadavia; su administración ha sido desastrosa, y sólo ha contribuido a dividir los ánimos; él ha hecho una guerra de zapa, sin otro objeto que minar mi opinión suponiendo que mi viaje a Éuropa no ha tenido otro objeto que el de establecer gobiernos en América, he despreciado tanto sus groseras imposturas, como su innoble persona".
¿Cómo explicar este irracional odio a San Martin? El lo dijo, carta a O'Higgins, desde Montevideo, el 5 de abril de 1829: "La situación de este país (se refiere a la República Argentina) es tal que al hombre que lo mande no le queda otra alternativa que la de someterse a una facción o dejar de ser hombre público; ESTE último partido es el que yo adopto".
Para comprender estas palabras hay que recordar que en aquel entonces, Lavalle se habla dirigido a San Martin para encontrar en él un elemento que lo sacara del enredo en que habia caido al encabezar la revolución de diciembre de 1828 y el asesinato de Dorrego. San Martin pudo ser entonces el hombre que salvara a los rivadavianos del lio en que se hablan metido por odio a cuanto oliera a pueblo, y San Martin se negó. San Martin era el que en 1812 puso fin al Primer Triunvi¬rato, expresión neta del localismo porteño y de su minoría dirigente mercantilizada; el mismo San Martín que, ante el alzamiento de los pueblos en 1820, se negó a salvar a la Oligarquía del puerto. Ese San Martín que se negó a entrar en los cuadros de la politiquería sucia de los prohombres del liberalismo rivadaviano, tenia que ser odiado por aquellos que lo odiaron. Herederos de ese odio fueron Alberdi y Sarmiento; aumentado en ellos el desapego al héroe, por el hecho de que legara su sable de Chacabuco y Maipú a Juan Manuel de Rosas, el hombre que consolidó la independencia nacional, como con verdad, dijo el héroe de los Andes.
Pero San Martin era un prestigio legitimo; a tal punto, que más tarde, Alberdi y Sarmiento variaron sus puntos de vista sobre él, condicionándolo a olvidar que no habla sido político, sino puramente militar; confundiendo los términos, o sea política con politiquería. Ningún gran general, y San Martin lo fue, puede no ser político, ya que las guerras son esencialmente actos políticos. Justamente, de alta y trascendental política fue la campaña de Chile y Perú; de la más elevada política fue dejar terminar la campaña a Bolívar. Toda política tiene una finalidad, y San Martín fue leal a la suya; a tal punto, que hasta supo emprender el duro camino del renunciamiento, con tal que su finalidad se realizara, sacrificando su gloria. Política que no podía comprender un Rivadavia, inflado de vanidad hasta lo grotesco, y menos un Sarmiento tan pagado de si mismo, que cuando en 1857 Mitre lo hizo elegir, junto con Vélez Sársfield, miembros de la legislatura local, en carta privada informando sobre tal favor, decía:
"Es una felicidad para Buenos Aires que hayamos sido nombrados senadores; era menester que algunos hombres de talento y de capacidad entrasen en las Cámaras para dirigir la PLEBE e ilustrar el juicio de TANTOS IMBECILES QUE HEMOS INTRODUCIDO".

miércoles, 9 de febrero de 2011

Lucas Piriz...otro Héroe de Paysandú...

Por Leopoldo Amondarain

En el Uruguay han escrito la Historia los vencedores (al igual que en la Argentina)y muchos tampoco la conocen porque los convencieron sus "ideólogos" que todo lo anterior, incluyendo los que hicieron la Patria, porque no opinaban como ellos, eran tránsfugas, ladrones, explotadores y entreguistas, caen por ignorancia en pecados capitales e irreverentes.
En el Cementerio de Salto yacen los restos mortales del General Lucas Píriz. La tumba de marras parece que estaría, tal vez por falta de deudos, sufriendo injusto descuido o abandono y por ende integrando un conjunto de similares que pasarían a poder de la Comuna como es de rigor y estilo. Según parece, se habrían realizado las publicaciones del caso de todos los años a regularizarse los impuestos y de aparecer alguien, sería el titular del panteón. Esto es lo corriente. Pero los restos que allí descansan no son corrientes precisamente. Es un héroe, nada menos. El general Lucas Píriz. Para los que conocen historia integró una pléyada de los que hicieron el país. Fue el segundo jefe de la Heroica Paysandú. O sea, el mando inmediato del General Leandro Gómez.
No nació en la Patria Oriental, sino en Entre Ríos (1806), aunque fuera mucho más oriental que muchos. Su familia se trasladó y compró campo en Paysandú y desde entonces se integró a todas las gestas nacionales incluyendo las de la Independencia.
Cruzada de libertadores (1825), que sirvió hasta las postrimerías de la guerra contra el imperio brasileño (1828). ¡Casi nada! Militar del Libertador General Manuel Oribe y al igual que su Jefe profundamente legalista. Impidieron con don Manuel, los golpes de estado organizados por Lavalleja contra el gobierno electo del pardejón Rivera.
Un quebranto institucional en ese momento, ameritaba una muy probable intervención "porteña o cambá" muriendo nonato el "paisito" (1832). Rivera obviamente, como era su costumbre, cuando a Oribe le tocó presidir su ejemplar gobierno, los traiciona y da "su" golpe de estado (1838) teniendo Lucas Píriz, junto con don Manuel, exilarse en la Argentina. Federal de siempre sirve allí con Oribe y participa en las principales gestas heroicas e invictas (Famaillá, Quebracho Herrado, etc.) del Libertador. Sin perjuicio de estos servicios, en 1847 integra las fuerzas de Servando Gómez en la toma de Salto, donde es nombrado Jefe Político, máxima autoridad del departamento. Obviamente, enfrenta y lucha contra la mal llamada "revolución" del Gral. Añanmenbuí de Venancio Flores donde es nombrado coronel y pasa a prestar servicios en Paysandú. Allí le cupo el honor de organizar la defensa de la Heroica hasta el nombramiento del entonces coronel Leandro Gómez, pasando a ser su segundo. Leandro es inmolado por la coalición asesina unitaria mitrista, el imperial Tamandaré brasileño y por la ridícula infame "cruzada" de la "canalla" colorada de Flores con su "goyo geta" Suárez, Pancho Belén y demás criminales vernáculos (1.2.865) y Lucas Píriz muere en batalla unas horas antes, tal vez el 1.1.865 enfrentando a pecho descubierto, con un "piquete" de sólo 25 hombres, a un avance masivo de hordas imperiales. Los muros destrozados por las bombas invasoras de la Heroica fueron testigos de su gallarda y corajuda figura luchando y cayendo, nimbado de gloria, defendiendo la soberanía nacional como siempre lo hizo su Partido Blanco y sus jefes entre los que se forjó, incluyendo a Leandro Gómez. Porque entre las muchas condecoraciones históricas, nadie le puede negar o desmentir su calidad de soldado blanco de Oribe. Nunca sirvió barbas extranjeras. Tenía las suyas propias ganadas en los campos patrios en defensa de la libertad y soberanía, y no de ideologías foráneas. Por todo esto y bastante más que por falta de espacio se nos queda en el tintero, esos gloriosos huesos de Lucas Píriz, por ignorancia o mala fe, no pueden ir a parar a un osario público a ser incinerados como un vulgar NN. ¡Sus huesos aún tienen fragancia a Patria Vieja! ¡Propia de los que la forjaron y nos hacen sentir distintos como orientales dignificados!
Entre los dignos destinos que como póstumo descanso le puede caber a sus patrios huesos, puede pensarse en el Panteón Nacional, la Catedral de Salto como se acostumbraba en la época o el propio panteón de Leandro Gómez en Paysandú, "su Heroica", junto a su último gran Jefe. ¡Sería de justicia! ¡Viva Lucas Píriz! !Viva la Patria! ¡Vivan los blancos!

Ricardo Levene

Por el Dr. Sandro Olaza Pallero

Ricardo Levene nació en Buenos Aires el 7 de febrero de 1885. Estudió en el Colegio Nacional obteniendo el título de bachiller y se graduó como doctor en Jurisprudencia y Leyes en la Universidad de Buenos Aires en el año 1906.
Fue Profesor de Historia en el Colegio Nacional Mariano Moreno (1906-1928), alternando la actividad docente con la de publicista. Hacia 1911 inició su labor como docente universitario en la Facultad de Filosofía y Letras como profesor suplente de Sociología en la Cátedra de Ernesto Quesada.
A partir de entonces dictará clases en distintas universidades argentinas, como la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata. En la primera casa de altos estudios se había incorporado como profesor adjunto en Introducción al Derecho, cátedra del doctor Carlos Octavio Bunge y a la muerte de éste lo reemplazó.
A lo largo de su vasta trayectoria profesional desempeñó numerosos cargos en diversos congresos, instituciones y certámenes científicos. Desde 1915 fue miembro de número de la Junta de Historia y Numismática Argentina y Americana resultando elegido presidente de la misma entre 1927-1931 y 1934-1938. A partir de ese momento le tocó presidir la transformación de la Junta en Academia Nacional de la Historia, cuya presidencia ejerció hasta el momento de su fallecimiento por un ataque al corazón en Buenos Aires el 13 de marzo de 1959.
Participó en la gestión de proyectos culturales que hasta ahora sobreviven como la fundación del Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires que actualmente lleva su nombre o la creación de la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos que presidió desde 1939 hasta 1946. Junto con Rómulo D. Carbia, Emilio Ravignani y Diego L. Molinari, fue protagonista de la renovación historiográfica de la Nueva Escuela Histórica Argentina. En su bibliografía, Ricardo Levene concatenó la aspiración a la verdad científica con la inquietud por la formación de la “cultura histórica” de los argentinos.
Fue Director del Instituto de Historia del Derecho desde su fundación, que él mismo promovió a fines de 1936, y profesor titular de Introducción al Derecho. Señala Mariluz Urquijo que Levene en su Historia del Derecho Argentino, iniciada en 1945 y concluida poco antes de su fallecimiento, “a diferencia de la Introducción que había surgido casi de la nada, su Historia recoge tanto las investigaciones propias como los resultados de la labor ajena, realizada en buena parte merced al estímulo del mismo Levene. Así como la Introducción marcó un punto de partida, la Historia señala la madurez de un impulso que los muchos discípulos de Levene están obligados a no dejar declinar”.
En enero de 1945, las autoridades surgidas del golpe del 4 de junio de 1943 lo designaron Vocal de la Comisión del Consejo Nacional de Estadísticas y Censos para la realización del IV Censo Nacional. En junio del mismo año, una resolución del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública lo nombró vocal-representante de esa dependencia para el Consejo Superior del Instituto Sanmartiniano. La llegada al poder de Juan Domingo Perón no modificará esta situación, pues Levene no sólo conservó sus cargos –excepto la Presidencia de la Comisión de Museos, Monumentos y Lugares Históricos-, sino que fue convocado para participar en diversas funciones ejecutivas.
En su función de Presidente de la Academia Nacional de la Historia, compartió la Comisión Nacional de Honor de ese congreso con el Presidente Perón; el Vicepresidente Quijano; el Ministro del Interior Borlenghi y el gobernador bonaerense Mercante. Según Martha Rodríguez, el gobierno peronista “por lo menos durante el decenio 45-55 mantuvo una clara posición frente a los orígenes históricos y culturales del país, que no difería demasiado de la que en sus investigaciones históricas proponían R. Levene y el resto de los miembros de la ANH.
Al intento del peronismo de asociar los símbolos y mitos patrios –que eran los que rescataba también la ANH- con su movimiento, se agrega su revalorización de lo hispánico. Es posible encontrar entonces, ciertas similitudes entre los resultados de las investigaciones históricas de Levene y varios de sus colegas en la academia, y la usina intelectual del peronismo, de la que emana la posición oficial del régimen”.
En esa época se creó una comisión para revisar la actuación política de Juan Manuel de Rosas, que tuvo un gran debate en el gobierno peronista, especialmente a través del revisionismo representado entre otros por el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, lo que resultó en una consulta del Ministerio de Educación a la Academia Nacional de la Historia. Este proyecto que de aprobarse hubiera provisto un importante soporte institucional al revisionismo histórico, fue elevado a la Academia, quien aprobó el siguiente dictamen: “Los miembros de la mesa directiva que suscriben consideran que las instituciones dedicadas a los estudios históricos existentes en el país vienen realizando una intensa labor de investigación y crítica histórica de todas las épocas del pasado argentino, que es el alto objetivo de toda verdadera revisión histórica. Las publicaciones que se llevan a cabo (…) y entre ellas la “Historia de la Nación Argentina” que edita esta Academia, son muestra inequívoca de la constante preocupación científica y patriótica de los historiadores argentinos (…) Tales investigaciones se llevan a cabo sin pasión sectaria y con amor a la verdad histórica…”.
Cuando se produjo el fallecimiento de Levene, el decano Francisco P. Laplaza por resolución n° 2938/59 del 13 de marzo de 1959 dispuso realizar homenajes a su memoria, entre ellas una comisión que estaría presente en su sepelio e integrada por los profesores doctores Ricardo Zorraquín Becú, Samuel W. Medrano, Mario C. Belgrano, Federico Torres Lacroze, Julio César Cueto Rúa, Fernando L. Sabsay, Fernando N. Barrancos y Vedia, Genaro R. Carrió, Remo F. Entelman, Carlos E. Alchourrón y María Isabel Azaretto de Vázquez. Zorraquín Becú en su oración fúnebre al maestro Levene destacó sobre su vocación docente: “Esa vocación se nutría de un gran amor a la cultura, a las instituciones y a la juventud. Sabía ayudar, promover y suscitar el entusiasmo y la consagración de otros, y llevaba en su corazón ese deseo de servir a la patria difundiendo y alentando los estudios”.

Fuentes:
MARILUZ URQUIJO, José M., “Ricardo Levene y la Historia del Derecho”, enRevista del Instituto de Historia del Derecho n° 10, Buenos Aires, Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, 1959.
RODRÍGUEZ, Martha, “Cultura y educación bajo el primer peronismo. El derrotero académico institucional de Ricardo Levene”, en PAGANO, Nora y RODRÍGUEZ, Martha (Comp.), La Historiografía Rioplatense en la Posguerra, Buenos Aires, Editorial La Colmena, 2001.